
La clase política no funciona bien.
La justicia no funciona bien.
La economía no funciona bien.
La educación no funciona bien.
La sanidad no funciona bien.
etc.
Durante meses los medios de comunicación vienen informando un día sí y otro también sobre los escándalos de corrupción, malversación de fondos públicos, tráfico de influencias, cohecho y no sé qué lindezas más, cometidos por elementos afiliados al Partido Pupular (PP). Los supuestos implicados aparecen en televisión con una sonrisa de oreja a oreja y arropados por los suyos. ¡Qué compañerismo!.
Ahora, la suciedad ha salpicado a miembros de otro gran partido nacional, Partido Socialista (PSOE). Me cuesta creer que gentes a quienes se les supone de una ideología de izquierdas, de progresismo, de proteccionismo social, puedan, según parece, lucrarse ilegalmente a costa de los ciudadanos que a fin de cuentas han sido quienes han confiado en ellos para dirigir una comunidad autónoma o una alcaldía. Las siglas de partidos a quienes pertenecen estos presuntos delincuentes políticos aumenta; ya hay tres en los tribunales: PP, PSOE y CiU.
Visto lo visto y a pesar de reconocer que los políticos presuntamente fuera de la Ley y desenmascarados son una minoría, he perdido mi confianza en la clase política; no doy mi voto para que, aprovechándose de sus cargos, aparezcan dirigentes políticos sin escrúpulos.
En las próximas elecciones, ya sean locales, autonómicas, estatales o europeas, en lo que a mí concierne no necesito ni campaña electoral ni jornada de reflexión. Hoy por hoy, tengo claramente decidido que ninguna formación política es merecedora de mi confianza y por lo tanto, no pasaré por las urnas mientras esta situación no cambie rádicalmente.