Es un día de finales de Agosto y aquí estoy, en la playa de Altafulla, sentado bajo la sombrilla a pesar que hoy nubarrones grises no dejan pasar el sol; aún así hace calor, si bien es soportable gracias a la brisa del mar.No tengo lectura; ya he leído los cuatro libros que me propuse leer este verano y miro el mar; hay "mar de fondo" y las olas, una tras otra, sin pausa, rompen contra la arena de la playa, adornándola con una cinta de espuma blanca. Hay pocos bañistas; está izada la bandera roja que desaconseja el baño; algunos desafían el anunciado peligro y se atreven a jugar con las olas; quizás luego lo haga yo; en la orilla, claro: tengo un gran respeto al mar.
El sol tiene ganas de aparecer, pero se vuelve a esconder; quizás no le guste que el mar esté tan enfadado.Dos niños de corta edad intentan hacer un hoyo en la arena, pero de pronto una ola acaba con su esfuerzo; lo vuelven a intentar y parece que lo van consiguien- do; Arnau, así parece que se llama uno de ellos, con una graciosa cara de pillín, está enfrascado en su trabajo.
Aún no han aparecido los seis u ocho individuos que, cada día a primera hora, instalan sus sillas "en batería" en primera línea de mar; siento decirlo, pero no me caen bien, en especial uno de ellos con pinta de "enteraillo", que habla y habla sin parar desconcentrándome de la lectura. Tampoco veo a la "cotorra" de la playa. Procuro situarme alejado de esta gente porque rompen la tranquilidad que se vive en esta playa. ¡ Vaya ! Ahora llegan; ya me extrañaba que no hicieran hoy acto de presencia.
Decido ir al agua; voy a bailar un poco saltando al ritmo de las olas. Tranquilos, lo haré con cuidado.















